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domingo, 12 de diciembre de 2010

Villa Soldati nos ha enviado un mensaje


Por Mariano Grondona

El premio Nobel Konrad Lorenz, que estudió la conducta comparada... de los animales y de los seres humanos, cuenta que una vez encontró a un amigo pegándole a su perro. Cuando lo inquirió acerca de este extraño comportamiento, su amigo le dijo: "Es que estoy por darle un gran placer a mi perro, porque ¿te imaginás el alivio que va a sentir cuando deje de pegarle?". Esta anécdota podría aplicarse al clima de distensión política que hoy vivimos nada más que porque Néstor Kirchner ya no está agrediendo cada día a algún enemigo. Cristina Kirchner se ha beneficiado con este nuevo clima, y el solo hecho de que haya dejado de lado las embestidas cotidianas le ha permitido subir a 45 puntos su aprobación en las encuestas, algo inalcanzable para su marido, que la pone al día de hoy en camino hacia la reelección. Pero sólo "al día de hoy" porque aún le falta aprobar las graves asignaturas pendientes que le dejó su antecesor.



En física, impera la ley de la inercia, en virtud de la cual se sabe que, si no interviene factor externo, un cuerpo mantendrá indefinidamente el movimiento en el que está instalado. Pero las asignaturas pendientes del período de siete años y medio en el que Néstor Kirchner tuvo el poder son tan exigentes que sería un craso error de Cristina confiar solamente en la ley de inercia para completar con éxito el tramo de la presidencia que aún le resta y, más aún, para aspirar a los cuatro años más que tendría de ser reelegida en 2011. La Presidenta deberá aceptar, al contrario, cambios profundos en su gobierno, si es que quiere perdurar con éxito en el poder hasta 2015 porque, si no lo hiciera, su segundo mandato podría tener un final similar al que padecieron Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa antes que ella. La conmoción de Villa Soldati nos ha dado a todos un dramático aviso en dirección de lo que todavía le falta a nuestra joven democracia para madurar ya no sólo en lo político sino, además, en lo social.


Sin Estado


Si entendemos por país el vasto espacio en que habitamos, los argentinos tenemos un país. Pero esto no basta. Alguna vez el escritor Carlos Fuentes nos dijo: "Mientras los mexicanos venimos de los aztecas, ustedes vienen de los barcos". Pero ¿qué veían desde los barcos los europeos que nos precedieron? Veían un ancho y generoso país que les prometía realizar sus sueños. Veían un país-paisaje al que tendrían por misión transformar en dos unidades colectivas eminentes: un Estado y una nación. Si algo viene de mostrarnos la cruenta anarquía de Villa Soldati es no sólo que aún no tenemos un Estado, sino que tampoco somos, plenamente, una nación.


En una definición que ha llegado a ser clásica, el gran sociólogo Max Weber caracterizó al Estado como "la agencia que monopoliza con éxito la coacción legal dentro de su territorio". Los socialistas quieren que haya más Estado y los liberales que haya menos, pero unos y otros reconocen la necesidad de que haya por lo pronto Estado, porque sólo una agencia que monopolice efectivamente la coacción es capaz de asegurar un valor básico para todos, sea cual fuere su sesgo ideológico: la vigencia del orden público. Sin orden público, no habría siquiera libertad. Si el orden se impone arbitrariamente, sin garantías para la libertad, se cae en la tiranía. Pero su extremo opuesto, que es la anarquía, la ley de la selva en las calles, fue considerada por el inglés Thomas Hobbes un mal peor aún que la tiranía porque, si el mando excesivo de uno es inaceptable, tampoco es soportable la confusión acerca de quién manda cuando ya no un solo tirano, sino miles de tiranuelos impunes perturban a los ciudadanos. Por eso, la sociedad, en medio de una situación anárquica, termina por resignarse al advenimiento de un tirano que le promete la restauración del orden público sin advertirle que el remedio podría resultar peor que la enfermedad.


Cuando una sociedad no tiene en claro la noción del orden, oscila bruscamente entre la anarquía y la tiranía, sin hallar el justo medio del orden democrático. En 1976, cuando se extendía entre nosotros la anarquía montonera, fueron muchos los que reclamaron un gobierno fuerte. Detrás de esta bandera, empero, las Fuerzas Armadas instalaron un régimen tiránico. Cuando ellas abandonaron el poder, cundió entre nosotros el repudio de toda disciplina estatal, a la que equivocadamente se la confundió con un término odiado: el de la represión. Toda coacción, aun la legal, fue desde entonces inadmisible para muchos porque no había que "criminalizar la protesta social". El repudio del orden público, que caracterizó a la etapa de Néstor Kirchner, creó, a su vez, un hueco dentro del cual han venido a instalarse, en un alarmante crescendo, hordas como las que se mataron entre sí en Villa Soldati. La confusión de la izquierda kirchnerista entre "orden público" -un orden severo, pero razonable, respetuoso de los derechos humanos de los protestatarios- y "represión salvaje" es la que nos ha traído a la situación actual, una situación que tenderá a agravarse mientras algunas decenas o centenares de personas continúen invadiendo las calles sin que nadie las contenga.


Este proceso de disolución del Estado ha tenido como anexo la demonización de los dos órganos que en cualquier Estado bien equilibrado tienen a su cargo la protección del orden público: las Fuerzas Armadas y la policía. Sin una policía respetuosa, respetada y eficaz, y sin unas Fuerzas Armadas adecuadamente organizadas, no podría haber Estado. Esta es la carencia más profunda de la Argentina actual. Si algún gobernante vecino resolviera un día atacarnos, no tendríamos respuesta porque, en los hechos, carecemos de Fuerzas Armadas. Tampoco disponemos de una fórmula adecuada ante la insolencia creciente de la delincuencia, animada como está por la parálisis policial.


Sin nación


Ortega y Gasset definió a la nación como "un proyecto sugestivo de vida en común". Si tuviéramos un proyecto de vida en común, seríamos una nación. ¿Acaso lo tenemos? Cuando contemplamos cómo se mueven las naciones vecinas de Chile, Uruguay y Brasil, sentimos que a sus ciudadanos la nación les queda cerca porque, más allá de sus diferencias, vuela sobre ellos la lealtad común a un conjunto en el que el todo es superior a las partes. A los argentinos, en cambio, el concepto de "nación" aún nos queda lejos porque, entre cada uno de nosotros y el todo englobante que es la nación, media el odio a algún rival al que urge combatir. Es como si alguien dijera: "Amo a la nación, pero para concretar el amor que siento por ella necesito eliminar previamente al que se interpone entre ambos". Si Perón dijo alguna vez, al fin de su largo aprendizaje, que "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino", hoy todavía parece válido sostener que para un argentino no hay nada peor que algún otro argentino.


Esta intolerancia hacia el otro, que desgraciadamente pobló nuestra historia, se acentuó todavía más bajo el turno de Néstor Kirchner. Toca ahora a su viuda reparar la herida. Tener Estado y ser nación: si ésta es la urgente tarea que aún nos falta, Cristina Kirchner deberá comprender que su meta tendría que ser ahora la construcción de un Estado democrático que merezca este nombre y la promoción de una nación animada por un proyecto en común, de oficialistas y opositores por igual, y que más que la ley de la inercia que podría tentarla deberá escalar una nueva cima que, en función de lo que nos ha enseñado nuestra dura experiencia colectiva, quizá parezca más difícil de lo que en realidad es, aunque también debería ser tenida por urgente, si no queremos que se difunda la inquietante chispa de Villa Soldati.


Fuente: lanacion.com.ar

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