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jueves, 11 de junio de 2015

No los expulsemos del nido antes de tiempo

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Parte de los chicos perdidos que busca la Justicia resultan ser adolescentes que han huido de su hogar no necesariamente por maltratos, sino por falta de contención y de contacto emocional con sus padres.


 Si la situación de chicas adolescentes que escapan de sus casas fuera nueva, no existirían canciones como "¿Qué va a ser de ti?", de Serrat, o "She's Leaving Home", de los Beatles, ambas escritas ya hace algunas décadas. En los dos temas, los padres, azorados, se enteran de que su hija se ha ido, que ya no está en casa aquella niña que, por alguna extraña razón, decidió juntar "sus cosas en un hatillo" y partir, vaya a saber hacia dónde.
Sin embargo, que no sea nuevo no significa que no preocupe. Según datos del Registro Nacional de Personas Menores Extraviadas, el año pasado se registraron 6015 casos de chicos perdidos, de los cuales el 70% fueron chicas que se habían ido por decisión propia. Estos hechos son síntoma de las grandes dificultades que tiene la familia para generar canales de contacto entre sus miembros y de la falta de un orden vital que ampare a los chicos, permitiéndoles, como corresponde, ejercer de tales y no crecer antes de tiempo.
Se supone que el amparo de una familia es lo mejor para un chico o una chica; en ese sentido, el "final feliz" de cualquier fuga adolescente es el retorno al hogar del cual huyó. Sin embargo, no siempre es un "hogar" la casa desde la cual se produjo la fuga. El final feliz de la historia sería que se encuentren las causas del conflicto y se apunte a solucionarlas. Para eso es necesario saber si la casa familiar es realmente un "hogar" o sólo un espacio donde el joven vivía, quizás, en condiciones inviables.
Un adolescente se fuga porque hay algún problema en la casa. A veces es falta de amor, como en los terribles casos de abuso parental, violencia, desamparo, explotación. Y otras veces se debe a crisis que no suponen desamor, pero sí reflejan una estructura de familia que tiene importantes "puntos ciegos", malentendidos, rabias, mentiras, angustias, dificultades emocionales, económicas. Todas complejísimas tramas que derivan en lo que los psicólogos llaman actings (las fugas, por caso), es decir, impulsos transformados en acto, que producen dolor en el entorno familiar y pueden ser riesgosos. La acción de fugarse, como tantas otras actitudes que muchos chicos tienen y que suelen llamarse "problemas de conducta", son un modo de comunicar una situación que no puede ser expresada de otra forma.
Los casos de fugas adolescentes no dejan de ser pocos y la gran mayoría de los jóvenes se quedan en la casa de sus padres hasta, por lo menos, la mayoría de edad. Pero aun cuando no haya fugas, la posibilidad de generar vínculos saludables entre padres e hijos se dificulta cuando la familia, debido al enorme esfuerzo que pone en "funcionar", deja de tener en cuenta que eso que llamamos familia es un espacio también emocional, en el que sus miembros se nutren y encuentran referencia y sentido para su vida.
Muchos especialistas, con razón, manifiestan que la fuga del hogar suele tomar de sorpresa a los padres porque no hay comunicación en la casa. A ojos de los padres, esos hijos "funcionaban" con problemas de diversa entidad o sin inconvenientes mayores, aunque sin duda tenían una "interna" compleja -y en ocasiones- grave, por sus implicancias.
La idea más divulgada acerca de lo que significa "comunicar" es aquella en la que aparecen padres que hablan con sus hijos. A su vez, se supone que los hijos deberían responder contando acerca de su vida cotidiana, informando dónde van o qué van a hacer, qué carrera piensan seguir, qué chico o chica les gusta, etcétera. Se trata de una utopía de difícil concreción y no siempre tan deseable: el detallismo no es, en verdad, demasiado útil a los fines de crear vínculos. Pretenderlo es parte del problema, no de la solución. Comunicar es algo más que "traficar información" acerca de hechos y circunstancias. Las palabras comunican, así como comunican también los silencios y, sobre todo, los actos. También comunican los climas emocionales, los gestos, las actitudes.
Más allá de la comunicación, la comunión familiar debe ser tenida en cuenta como fuerza que amalgama y hace que la casa sea un hogar y que los chicos estén en ella por amor, no por espanto. Eso que llamamos comunión es lo que en otros contextos (los deportivos, por ejemplo) se llama "intangible", aquello que late en el pulso de un hogar, independientemente de la forma que ese hogar tenga (que quede claro que no nos referimos acá a la familia "perfecta" ni mucho menos). Una familia es ese algo más que la suma de las partes.
Por eso, al observar los vínculos con los hijos sólo desde lo funcional (que coman, que estudien, que lleguen en hora, que tengan buena ropa), se dejan fuera aspectos "intangibles" de la vida familiar. Eso puede propiciar lejanías y situaciones conflictivas que, en algunos casos, derivan en fugas, pero que más habitualmente generan cierta orfandad y enojo en los hijos. Los jóvenes suelen adjudicar ese enojo a que sus padres pecan por estar ausentes, o, por el contrario, les "queman la cabeza" con controles y palabras que ellos, los hijos, sienten como ruido insufrible.
Niños y adolescentes prestan más atención a la música que a la letra de lo que sus padres les dicen. Por caso, se puede hablar de lo maravilloso del amor, pero si eso no es acompañado por un tono emocional que permita entender intuitivamente qué se está diciendo, esas palabras serán ruido, agobio, y una sospecha de que no es genuino el mensaje de los padres a la hora de enseñar.
Muchos padres temen a sus hijos y creen que en la adolescencia harán macanas, por lo que hay que evitar esos percances a fuerza de control. Cuando esos padres "marcan la cancha" desde el miedo, la "música" es de película de terror, y eso es lo que escuchan los hijos. Ese miedo de los padres se disfraza de autoridad, pero "muestra la hilacha" en el tono emocional con el que hablan. Las palabras dicen una cosa, pero la "música" dice otra, y es allí cuando los hijos se "retoban", generando muchos de los escenarios de conflicto que hoy vemos en los hogares.
Padres atentos no son padres alarmados. Padres responsables no son padres culposos. Padres prudentes no son padres controladores. Tomar contacto con un hijo o hija adolescente no es forzar su mente o hurgar en sus bolsillos, sino escuchar la "música" de su estado de ánimo, además de percibir qué actividades realiza. Cuidar no siempre es controlar, sino tomar contacto, abrir los canales de percepción para contactar a sus hijos en el plano anímico.
La tarea de los padres se nutre de la confianza y la autoridad, que involucra no sólo marcar la cancha, sino hacer que el partido lleve buena música de fondo, que tenga vitalidad, fuerza y afecto, no sólo alarma y temor. La creciente independencia de los hijos es saludable. Es importante que algún día partan y forjen su destino. Para esto, paradójicamente, deben confiar en su raíz, y no huir de ella.

El autor es psicólogo, especialista en vínculos
Fuente: la nacion.com

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