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jueves, 28 de marzo de 2013

Claudia Romero: "En la Argentina falta un relato educativo que no puede ser eficientista ni militante"



Con el telón de fondo de un conflictivo inicio de clases, esta experta en educación y mejora escolar alerta sobre una mezcla crítica en las escuelas del país: pobres resultados y enorme desigualdad.
¿Que el aumento del presupuesto educativo alcanza para mejorar la educación? Falso: "Se inyecta más dinero a un sistema educativo que no ha cambiado y que no va a dejar de cometer errores", afirma. ¿Que la educación privada se salva de la decadencia del sistema educativo? Es un mito, dice. ¿Que la educación es un asunto de largo plazo y las mejoras sólo se notarán en décadas? Error: "Se puede seguir mejorando, en seis años, y haciendo media docena de cosas". ¿Que las tomas de colegios aportan a la formación ciudadana? Discutible: "Son prácticas poco interesantes porque sólo se trata de poner el cuerpo".
Hace veinte años que Claudia Romero -directora del área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella, doctora en Educación por la Universidad Complutense de Madrid y con larga experiencia trabajando con escuelas públicas y privadas- se dedica a estudiar los procesos de mejora escolar y el diseño de buenas escuelas secundarias. Nada menos.
Con datos precisos y serena argumentación, Romero desgrana sus ideas sobre las desigualdades del sistema educativo argentino, los caminos comprobados que conducen a la mejora, la importancia de los buenos maestros y, lejos de cualquier demagogia, reivindica la asimetría entre alumno y docente, que la tecnología no puede, ni debe, eliminar. En momentos de conflictividad gremial, la suya es una mirada profunda sobre un sistema que parece hacer agua por más de un rincón.

-¿Qué es hoy una buena escuela o una buena educación?

-Una buena escuela es aquella en la que todos los alumnos, y subrayo el "todos", pueden aprender y en la que se prioriza la enseñanza, el acto de la transmisión.

-¿En qué consiste ese acto de transmisión?

-Es el acto en el que una generación pasa un legado, unos saberes, unos valores, a otra. Y esto es clave: ese acto de transmisión no se da en un territorio de iguales. Requiere algo que es central en educación: la asimetría, dos iguales diferenciados, uno que enseña y otro que aprende. Obviamente hay momentos de intercambio en que la palabra de uno vale lo mismo que la del otro. Sin embargo, en el acto estrictamente educativo, el maestro enseña lo que el alumno aprende. Es así de sencillo. Por eso hay que buscar las formas más inteligentes para que esa transmisión se produzca exitosamente. La finalidad es que el alumno se convierta a su vez en productor de nuevos contenidos.

Qué curioso: arrecian las críticas a esa asimetría o porque el alumno es visto como un recipiente vacío o porque el docente se presenta como el dueño de algo cuya posesión le otorga un poder. Sin embargo, usted la reivindica.

-Sí, creo que para enseñar hay que tener un poder. Y ese poder de enseñar tiene que conectar con el deseo de aprender. Cuando sucede, funciona.

Un buen docente logra eso.

-Sí, logra que se produzca esa conexión. Al contrario, uno de los caminos errados que se toman cuando se busca la mejora educativa es apostar a la tecnología en vez de apostar a la enseñanza. Por ejemplo, para mejorar lo que pasa en el aula, la Argentina incluye tecnología de una manera superficial. Cuando se hace en serio, la tecnología garantiza aprendizajes embebidos en tecnología: no se aprende tecnología sino matemática usando una computadora. Hay docentes que tienen miedo de ser reemplazados por la tecnología. Yo digo: si tiene ese temor, pues debe ser reemplazado por la tecnología. El docente hace otra cosa. Lo que quiero decir es: la clave es el buen docente y la enseñanza.

- Esa relación asimétrica, pero inspiradora.

-Te cuento una anécdota interesante sobre qué es un buen maestro. Mi hijo, cuando estaba en quinto grado, se puso muy contento porque su maestro lo había aceptado en Facebook. A mí me inquietó por el impacto sobre esa asimetría en la que creo. "Pero es tu maestro, no es tu amigo", le dije. Él me respondió: "Cómo que no es mi amigo si todo lo que sé de literatura de ciencia ficción me lo enseñó él".Ésa es la quintaesencia de la escuela: cuando hay transmisión de saberes valiosos, lo demás está al servicio de eso. El docente es el factor más importante asociado a los logros de aprendizaje de los alumnos.

- ¿Por dónde pasa hoy la calidad educativa? ¿Por excelencia académica, por valores, por lo emocional?

-La escuela es una institución que tiene varias funciones, pero dos fundamentales: una, garantizar la transmisión de ese legado y, con la misma importancia, generar igualdad de oportunidades. En un buen sistema educativo las diferencias socioeconómicas desaparecen o se achican y las brechas en los resultados educativos no reflejan las brechas sociales. Una buena escuela hace bien esos dos trabajos.

- Según esa definición, no muchos padres de la clase media piensan en la igualdad educativa cuando eligen una escuela, generalmente privada.

-Es parte de la crisis: estamos pensando el tema educativo en términos de una salida individual. Así no fue como la Argentina lo pensó históricamente. Cuando la Argentina inventó un sistema educativo muy eficiente que alfabetizaba e incluía a masas de inmigrantes, lo hizo como parte de una visión de una sociedad.

¿Es un mito que la calidad de la educación privada sea mucho mejor que la pública?

-Sí, es un mito. El problema es que se ha segmentado el sistema educativo y la escuela pública recibe a la 
población más vulnerable. Las mediciones internacionales y las nacionales muestran dos cosas: que los alumnos argentinos obtienen bajos resultados y que nuestro sistema educativo tiene la mayor variación de los resultados entre los 65 países que participan de las pruebas PISA. Es decir, en la Argentina vas a aprender según la escuela a la que vayas.

Es puro azar.

-Si naciste en un sector social determinado, las probabilidades de recibir mejor educación son mayores, pero de todas maneras la variación entre las escuelas, privadas o públicas, es enorme. El nivel educativo estará atado no sólo al origen social del alumno, sino a la escuela a la que va.

No hay política educativa.

-O la hay pero es por escuelas. Y lo cierto es que un buen sistema educativo es aquel que logra garantizar un buen nivel promedio alto y de poca variación. Hay países que tienen un nivel muy alto en los resultados, pero una variación también alta. Otros, como España, tienen bajos resultados pero muy homogéneos.

- Todos están recibiendo mala educación.

-Chile tiene mejores resultados, pero en desigualdad, que es enorme, viene después de nosotros. En la Argentina tenemos la combinación fatal: bajos resultados y enorme desigualdad y resultados que vienen empeorando.En las buena escuelas, la gestión es clave y ahí aparece una nueva variable.

La figura del director.

-Exacto. En un mismo barrio, el mismo nivel socioeconómico, hay una buena escuela y una no tan buena, y una de las variables que más correlaciona es el director: quién es, cómo es y qué hace. Las políticas de mejora detectan y forman buenos directores. Lo mismo con los docentes.

Pero en la Argentina no se dan. La educación es un proyecto de largo plazo, pero imposible en un país que vive el día a día.

-Sí, es a largo plazo, pero ya hay resultados acerca de qué han hecho los mejores sistemas educativos, como Finlandia y los veinte sistemas educativos que más han mejorado. La idea es que siempre se puede seguir mejorando, en lapsos cortos, de seis años, y haciendo media docena de cosas.

¿Por ejemplo?

-Se sabe bastante bien lo que hay que hacer y son cosas simples. Por ejemplo, evaluación, pero también revisión de los currículum, renovación de la formación docente. Cosas obvias. Pero son varias cosas al mismo tiempo y hay que poder integrarlas y sostenerlas en el tiempo. Eso es lo complejo. Los ejemplos son sistemas nacionales como el de Eslovenia o subnacionales como el de Ontario, en Canadá, o el de Minas Gerais, en Brasil. Todos se enfocan en esas seis cosas alineadas.

¿Por qué no se puede hacer esto en la Argentina? ¿Por qué la educación sigue empeorando?

-En la Argentina se ha logrado aumentar la inversión educativa y es muy importante. Pero no se han tocado algunas variables estructurales. Se inyecta más dinero a un sistema educativo que no ha cambiado.

- Que reproduce errores.

-Y que no va a dejar de cometerlos. Entonces, por ejemplo, estrategia errada: rendición de cuentas, evaluación sin haber construido antes lo que viene después de la evaluación, los apoyos para estas escuelas y estos docentes.

El año pasado hubo una gran polémica en torno del índice de calidad educativa que lanzó el gobierno de la ciudad. ¿Por qué hay tanta resistencia a medir resultados educativos? ¿Medir es de derecha?

-Palabras como medir, calidad, resultado, son eficientistas, resultadistas... Es cierto, la pedagogía crítica habla con otras palabras. Lo importante es entender que la mejora escolar no es un asunto de rendición de cuentas y de evaluación de resultados. La clave está en otro lado: en la construcción de capacidades nuevas en los docentes, en las escuelas, en sus matrices organizativas.

La rendición de cuentas debería llegar después de alcanzar una visión y una política educativa.

-Eso sería lo lógico. El problema es que primero se impone la evaluación suponiendo que si a un docente se lo evalúa y se le pone "incentivos" -estoy usando a propósito estas palabras-, enseñará mejor. Pero no es así como funciona. Primero, los docentes tienen que aprender a enseñar mejor. Cuando tengan un repertorio enriquecido, su práctica va a mejorar.

La falla está en la ausencia de una visión integral de lo que debe ser la educación.

-La visión es lo que no se está pudiendo construir. Tenemos una combinatoria letal que son estrategias individuales de parte de la sociedad civil y estrategias erradas desde el punto de vista de la política educativa, con caminos que no conducen a la mejora.

Falta un relato...

-Sí, nos falta un relato educativo que no puede ser un relato eficientista ni puede ser un relato militante: la educación no puede ser propaganda.

¿Qué otros caminos errados se toman en pos de la mejora educativa?

-Otro error es apuntar a la capacidad individual del docente en vez de entender que la enseñanza es un trabajo en equipo. Las escuelas que mejoran son las que conforman un equipo que se hace responsable de los resultados y generan una rendición de cuentas horizontal. El sistema de supervisión es clave en este contexto. La supervisión mide y controla. y por el otro lado, asesora y apoya. Y algo muy importante: es el enlace entre los recursos y las necesidades. La supervisión es el primer nivel de producción de equidad del servicio educativo.

Intenta diseminar lo bueno. Una suerte de epidemia positiva.

-Países como Australia, por ejemplo, entendieron la importancia estratégica de la supervisión. Se han mejorado muchísimo los perfiles de quienes son supervisores, de sus capacidades, de sus capacidades de liderazgo.

Es pensar a la educación como una organización con recursos humanos y no como un sistema burocrático.

-Así es. El capital profesional es el principal del sistema educativo.

El británico Ken Robinson cuestiona el concepto fabril de la educación y plantea una reforma absoluta del sistema.

-Coincido en que hay que hacer un cambio de paradigma. El tema es cómo muta. Creo que el cambio en educación no opera por demolición, sino por reconstrucción, siempre en marcha. Eso es lo difícil. Hay que tener gran sabiduría para saber qué conservar y qué cambiar. Pero hoy una buena escuela secundaria es la prioridad número uno.

- ¿Cómo sería una "buena escuela secundaria"?

-Una escuela que le da lugar a la voz de los alumnos entendida ésta no como el lugar de la protesta, sino, simplemente, como la voz de la autobiografía: una escuela en la que los jóvenes puedan empezar a hablar por sí mismos y ensayar personalidades. También tiene que tener lugar la voz como sujeto social, la voz como joven. Ahí tiene sentido claramente la formación como ciudadanos.

Y ahí empieza a volverse más interesante la participación política de los alumnos.

-Sí. La participación social y también la política, siempre con el compromiso real de la escuela de enriquecer esa voz, de ayudarlos y desafiarlos a mejorar los argumentos.

- ¿Cómo se entendería la toma de colegios o los cortes de calles en un ambiente como ése?

-Son prácticas poco interesantes porque sólo se trata de poner el cuerpo. Son la ocupación física de un espacio para evitar que ingresen otros. Cuando las formas institucionales están tan en crisis que en las escuelas emblemáticas el grado máximo de realización militante es la toma, es un problema.

- Otra vez las clases peligran por paros docentes y reclamos salariales. ¿Es imposible encontrar vías de solución que anticipen el problema o vías de reclamo que no condicionen a los alumnos?

-Las paritarias nacionales vienen fracasando. Se podrían establecer otros mecanismos menos conflictivos, como un índice complejo que tome PBI, inflación... y también otros métodos de protesta. Los paros los hacen en general docentes de escuelas públicas, pero los aumentos son para todos. Esto tiene un correlato complicado: el pasaje de alumnos de la escuela pública a la privada en busca de clases todos los días, un fenómeno agravado en la última década en todo el país. Lo importante es no agotar ni la protesta ni la propuesta en la cuestión salarial. Hay que meterse con cuestiones estructurales como la carrera docente. Hay que hacer una carrera interesante, con reconocimiento e incentivos para los buenos docentes, que atraiga buenos perfiles, una formación de calidad. Ésta debería ser una bandera del sindicalismo más progresista.

Fuente: lanacion.com.ar