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viernes, 8 de julio de 2011

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de solidaridad?

Print Friendly and PDFpor Andrés Capelán


A ver si nos entendemos. Una cosa es ser solidario y otra muy distinta dar limosna. Una cosa es apelar a la solidaridad de los conciudadanos ante una situación extrema, y otra muy distinta es vivir de la mendicidad. Porque ni la mendicidad es digna, ni la limosna es un acto de nobleza, ya que tanto una como otra nacen de la injusticia.
A lo largo de los siglos, han sido principalmente las iglesias las que han contribuido a que la limosna tenga tan buena prensa. Sin embargo, pocas cosas hay tan indignas y tan hipócritas como el acto mismo de la limosna. ¿Y por qué tiene tanto éxito entonces? Por un lado porque sirve como válvula de escape para las presiones sociales que los Estados —en aras de seguir defendiendo los intereses de los poderosos, que para eso han sido creados— no están dispuestos a solucionar debidamente, y por otro porque la institución de la limosna y las donaciones permite lavar públicamente las conciencias (más bien, hacer como si), rebajar impuestos, y por si fuera poco, obtener publicidad gratuita.
Un observador desprevenido podría pensar que es una paradoja que justo en estos momentos en que la sociedad uruguaya es cada vez más próspera, las calles se hayan poblado de mendigos de todo tipo, mayormente drogadictos y psiquiátricos que viven en calles, plazas y parque públicos. Sin embargo, no sólo no existe tal paradoja, sino que esa proliferación de marginados es —precisamente— consecuencia de esa prosperidad. A mayor prosperidad, más comida y más ropa en las latas de basura, y también más monedas en los bolsillos para comprar tortas fritas o entregar al lavador de parabrisas, aunque más no sea para que no le ensucie el coche con sus mocos de pastabasero.
¿Qué estoy siendo duro con esta pobre gente? Es posible, pero si se están muriendo de droga y frío no es por mi dureza, sino por la blandura y la condescendencia de quienes les hacen soportable su vergonzosa existencia. Desde los pitucos que les llevan un plato de sopa, hasta los asistentes sociales que los quieren convencer por las buenas de que no duerman en la calle, como si el problema fuera sólo de ellos, como si tuvieran derecho a usar y abusar del espacio comunitario como propio y para lo que se les ocurra.
Porque, las calles, los parques y las plazas, no pueden ser usufructuados por particulares ya que son bienes que pertenecen a la comunidad, a la sociedad. Son espacios colectivos que fueron creados para el disfrute de todos y no de unos pocos. Si un particular (persona o empresa) desea utilizar un espacio público, debe obtener un permiso de las autoridades correspondientes, las más de las veces ofreciendo una contraprestación a cambio.
¿Dónde se vio que cualquiera se instale donde se le cante (en la Plaza Independencia, por ejemplo) y duerma, coma, cague, mee, se emborrache y se drogue ahí a la vista y paciencia de todos? ¿Cuál es el derecho humano que le ampara? ¿Existe el derecho humano a molestar y a dar lástima y asco? ¿Existe el derecho humano a suicidarse lentamente en público?
¿De qué estamos hablando cuando hablamos de solidaridad? ¿De qué (de qué mierda) hablan los pitucos de la oposición cuando mentan las libertades individuales para seguir permitiendo que esta gente siga viviendo como vive? ¡Basta de hipocresía, por favor! El país está pasando por uno de los momentos más prósperos de su historia y el gobierno tiene todas las mayorías necesarias para votar soluciones de fondo a este problema. No alcanza con sacar a los indigentes de la calle cuando hace frío: vivir en la calle debe estar prohibido todo el año. Nadie se merece esa vida de porquería, y la caridad no es un sucedáneo de la justicia social.

Fuente: adital.com.br