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domingo, 17 de abril de 2011

Nunca es triste la verdad: La estupidez argentina

Escribe ImprimirJorge Fernandez Diaz

Mis amigos se dividen, casi a partes iguales, entre adoradores y adoratrices del kirchnerismo y abominadores activos del Gobierno. Pedirles a los primeros que hagan alguna autocrítica y a los segundos que reconozcan ciertos méritos es como juntar agua con un colador o jugar a la ruleta rusa.
La otra noche, con ánimo masoquista, pregunté en una rueda de antikirchneristas (algunos famosos) si eran capaces de mencionarme una medida política que les resultara elogiable. Una sola. Una por cabeza. No era una prueba tan difícil para un grupo de personas tan lúcidas. Sin embargo, para mi asombro no surgía una sola medida limpia e incuestionable que no fuera la conformación de una nueva y creíble Corte Suprema de Justicia.
Les dije que, más allá de ese lugar común, no era serio pensar que un gobierno exitoso careciera de alguna cualidad. Y para ayudarlos, les fui punteando algunos temas de los que se ufana el oficialismo. Por cada reivindicación, había un pero. El crecimiento no está denunciando un acertado manejo de la economía sino simplemente una deriva del viento de cola. El impulso del consumo no es sino la evidencia de que la inflación terminará explotando. La asignación universal por hijo es una decisión demagógica y sesgada que deja a muchos afuera y que acentúa el clientelismo. La fuerte inversión en investigación científica, en universidades, en cultura y en la industria del cine y la televisión resulta marketinera, discrecional y deja una vez más en evidencia la infinita hinchazón del gasto público. La política de derechos humanos les parece una mera venganza judicial y una estrategia de seducción a los progresistas. Los últimos señalamientos sobre corrupción policial, la negativa lisa y llana a castigar a los delincuentes.
En café de kirchneristas, previsiblemente el relato se invierte, y cuando yo los acuso de usar la ley de medios para neutralizar o directamente acallar voces, cuando les pido que repudien públicamente los actos de corrupción y de hostigamiento, cuando les imploro que no sean cómplices de la burocracia sindical, cuando les critico que acepten asociarse con lo peor de la política, cuando les señalo que se llenan la boca con su lucha contra las corporaciones y están abrazados a la corporación más poderosa de la Argentina (el aparato peronista), cuando les reclamo que piensen seriamente si no están perdiendo oportunidades económicas extraordinarias apegados a un modelo feudal de estatismo provinciano. Cuando les hago todos estos planteos recibo únicamente el cariñoso mote de "gorila", con que yo a veces los he obsequiado a ellos en mi juventud. Puesto que ahora -para mi gran sorpresa- todos son peronistas, aunque algunos hacen la salvedad de que el kirchnerismo es la etapa superior del peronismo.
En ese contexto bélico cunde, naturalmente, una cierta deshonestidad intelectual que permite hacer políticas de prontuario con doble estándar: escrachar con el archivo a los enemigos que tienen una mancha real o ficticia, y perdonar a los amigos que están llenos de lamparones. Acusar con el adjetivo "neoliberal" a los rivales y esconder que está lleno de neoliberales arrepentidos el proyecto nacional y popular. En el campamento de los antikirchneristas ocurren injusticias similares: todo militante del oficialismo lo es porque recibe dinero del Estado, cualquier decisión gubernamental significa el Apocalipsis y todo crítico del Gobierno es bienvenido, aunque se trate de un dirigente de la derecha autoritaria o de un delirante ultraizquierdista.
El modelo estratégico que Néstor Kirchner llevó a cabo se articula con la reformulación teórica del populismo que hicieron algunos intelectuales modernos. Según esas flamantes teorías, hay que cortar a la sociedad en dos. Y hacerlo profundamente para que de un lado quede la patria y del otro sus presuntos enemigos. Lo curioso es que después de tantos insultos y divisiones, hay mucha gente entusiasmada y con ganas de combatirse, lastimarse y despreciarse en ambas veredas. Una guerra gozosa que llevan adelante, siempre con las mejores intenciones, argentinos enrolados en posiciones irreconciliables. Una guerra santa. Y como dice el refrán español: en la guerra no hay misas. Es decir, no hay tregua para la reflexión.
Quienes no aceptamos los blancos y negros, y nos parece que anatematizar al Gobierno y a la oposición sin tomar lo mejor de unos y otros, insulta verdaderamente la inteligencia. Quienes aceptando las fisuras tratamos incluso de coser algunas partes para que la herida expuesta entre los dos países no sea tan maniqueísta ni irreductible. Quienes no queremos que triunfe la lógica patria-antipatria y resistimos la idea de que para terminar con el canibalismo no hay que comerse al caníbal. Quienes, en fin, queremos que nos dejen pensar, nos hemos convertido en peligrosos enemigos del Estado y también de sus místicos antagonistas. Tibios que vomitará Dios. Idiotas útiles del poder o de la oposición, según convenga a ambos lados de la estupidez humana. Que es tan argentina.

Fuente: lanacion.com.ar