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sábado, 30 de abril de 2011

Ciento sesenta voluntarios apuestan a la vida en “La Casa de la Bondad”


Reciben gente que llega derivada desde hospitales. Los cuidan y acompañan en sus últimos días.

Hace poco Mauricio García volvió a pintar. Las paredes de su habitación, que da a un jardín verde, están decoradas con algunas de sus obras. El retrato de un gato blanco y negro, un par de personales copias que hizo de pinturas de Quinquela Martín, un paisaje. Hay un par de dibujos más, de trazos infantiles, que le regalaron sus hijos Agustina, de 10 años y Dylan, de 7. Mauricio, que solía ser soldador en una fábrica metalúrgica, tiene 36 años y sufre de cáncer. Llegó a la Casa de la Bondad después de una internación de cuatro meses en el Hospital de Oncología Marie Curie. La medicina ya no tiene respuestas para él. Pero los voluntarios de la Casa y sus especialistas en cuidados paliativos, sí.

Los huéspedes de la Casa de la Bondad son personas sin recursos ni familia que pueda ocuparse de ellos, que llegan derivados desde hospitales porque ya no hay opciones terapéuticas para ellos. “Están en la etapa final de la vida y la mayoría sufre enfermedades neoplásicas. Nosotros les ofrecemos acompañamiento en lo espiritual y lo social, pero también tratamientos para aliviarles el dolor”, explica el doctor Domingo Chimondeguy, un prestigioso especialista en cirugía torácica y voluntario de la Casa que se resiste a usar la expresión “enfermos terminales”.
La Casa está en Moreno 2448, en el barrio de Balvanera. Tiene un hall, una oficina, una gran cocina, una capilla, un salón de reuniones, un jardín y nueve camas distribuidas en varias habitaciones, luminosas y bien equipadas. Depende de la Fundación Manos Abiertas, una institución impulsada por el sacerdote jesuita Angel Rossi que se basa en el voluntariado . Abrió el 30 de octubre de 2009 y recibió a sus primeros pacientes el 14 de abril de 2010. Aunque los voluntarios que ayudan en la casa prefieren llamarlos “patroncitos”. “Ellos son los verdaderos patrones de esta casa y los voluntarios venimos a servirlos”, explican.
Hay 160 voluntarios y trabajan ad honorem, el tiempo que pueden. Una, dos horas, una noche. Charlan y juegan con los pacientes, lavan la ropa, acompañan. Hay un hombre de 80 años que los domingos va a cocinarles platos gourmet. Y una directora de escuela que pasa con ellos todos los lunes a la noche. Cada aporte es necesario. “Queremos desterrar ese concepto de que ya no hay nada para hacer. Siempre hay algo que se puede hacer. Contenerlos, estar con ellos, complacerlos”, asegura Celina Luna, la voluntaria que dirige La Casa .
Ahora hay cuatro huéspedes y cinco camas vacías, porque la Fundación sólo tiene fondos para contratar a una enfermera por turno. Se sostiene con aportes privados, de donantes regulares, “amigos” de La Casa , y otros esporádicos.
“Esto es muy diferente al hospital donde estaba – dice Mauricio –. Esto es una casa. Miro la tele, pinto, vienen mis hijos”. Poco después de su llegada, hace diez días, los voluntarios notaron que dibujaba muy bien. “Le trajimos pinturas y libros para alentarlo. Disfruta mucho pintando”, cuenta Ana Pannunzio.
“La diferencia entre este lugar y un hospital es el amor – asegura Cristina Catena, otra voluntaria –. Les preguntamos qué quieren cenar, los mimamos. Y en el último momento, les cantas una canción de cuna y ves que se van con una sensación de paz”.
Ya se fueron 27 pacientes. Y cada muerte significó un duelo para los voluntarios. “Vemos el progreso de los pacientes, porque acá mejoran la calidad de vida. Y cuando llega el momento final, sabemos que dimos todo lo que podíamos para ayudarlos”, cuenta Luna. “Nos mueve un deseo solidario – sostiene Catena –. Venimos a dar y nos vamos con el corazón enorme de todo lo que recibimos”.

Fuente: clarin.com