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jueves, 7 de abril de 2011

Argentina de Cartón


Por Laura Etcharren

El cartoneo, la delincuencia y las ausencias. Tercera parte del trabajo sobre “La Banlieue”. De la desprovista seguridad de la Provincia de Buenos Aires arriban, a la Capital, cientos de personas que se dedican al cartoneo.
Moran, muchos de ellos, semanalmente en la ciudad, en improvisados asentamientos callejeros confeccionados con chapas, cartones y otros elementos que sirven para protegerse del frío y/o los cambios climáticos.


Desamparados algunos e interesados en poder cubrir apenas sus básicas necesidades para regresar a la Provincia con dinero, se cotejan con los otros, con aquellos que utilizan las condiciones de pauperismo para ejercer una práctica delictiva que se extiende a lo largo de todo el territorio argentino.

Es que la miseria siempre fue el escudo elegido para desviar la atención de una realidad que se supera negativamente.

Encontramos, a la luminosa Buenos Aires, diseñada en una composición de postales deprimidas. De situaciones maliciosas. De niños descalzados esperando el corte del semáforo para hacer algún malabar o bailar, las niñas, de manera sensual. Extrañas situaciones que conforman un espacio de tragedia ya naturalizado. Un estado de descomposición social que combina la pobreza que busca revertirse con la delincuencia que se resguarda, tras la marginalidad, para robar.

Pobres funcionales al sistema. A un Gobierno que necesita de ellos para culpar a los Gobiernos anteriores. Herencias del Pasado. Pobreza funcional a la delincuencia. El crimen organizado se complota en su perversión y copta a menores en riesgo. Sin educación, a la deriva. Sin chances, más que las planteadas como la mal llamada plata fácil que en estas instancias puede ser la muerte.

El dinero del “Choreo”. “Afano”. Una “Punta” clavada como señal de poderío es la antesala de ser aceptado en la banda. O más alto, en la organización que los utilizará como rehenes visibles del delito.

Todas son señales de ausencia. Ausencia de normas. De protección. De seguridad. De redes sociales institucionalizadas para tender verdaderos lazos de solidaridad. Ausencia de conciencia. Ausencia de progreso. Ausencia de continentes legales y emocionales.

No obstante, dichas ausencias se decoran. Se las colorea con el celeste que se desea, con el rosa que se añora. Con más espacios verdes en la Ciudad. Con abominables y compulsivos feriados Nacionales que son un fetiche de la memoria latiendo como una bomba turística para escaparse de las obligaciones.

Argentina ya es un cartón.

En cualquiera de las salidas de la Capital se pueden ver los carros improvisados repletos de papel, de cajas, de cartones, de botellas.

Las Arcadas de Paseo Colón convertidas en “casas”. Las plazoletas de la Avenida 9 de julio y sus continuaciones en un ensamble de techos precarios armados con resabios de cartón. Lugar oscuro, sucio y pequeñísimo en donde se pueden refugiar hasta cinco personas. Algunos, para luego, regresar sobrepasados de Paco a algún lugar del Conurbano Bonaerense.

Verborragia. Mamarrachos estéticos de la ciudad.

Divagues de una profundización del cambio positivo. Cuando en realidad, lo que se ve, es la profundización de la Barbarie que corrió, sin frenos, a la Civilización.

Y cuando no es la pelea por el cartón; es la pelea por la cuadra; la pelea por el barrio. “La Merca” y los “Ácidos” que no son para cualquiera. Que se venden al mejor postor en intransitables pasillos de villas urbanas y periféricas. Así como en los barrios que conforman Nuestra Banlieue. “Cocinas exclusivas”.

Coches de primeras marcas y modelos se arriman a la interminable Villa 31. Conocen, “los drogones” de la clase alta, a los punteros legitimados de la Ciudad de Buenos Aires.

Punto de encuentro en el que las diferencias sociales se desvanecen.

Bajo estas características estéticas, éticas y manipuladas, La Banlieue de cartón Argentina refleja otro de los fracasos de un capital cultural que no se supo asimilar. Que fracasa en la integración del color local e importado.

Que explota, luego de dejarlos ingresar sin papeles, pregonando la Libertad, a los inmigrantes bolivianos hacinados en la esclavitud del “trabajo” ejercido en contaminados talleres de la mediocridad.

Esfuerzos reprochables de los suburbios que se arriman.

Fuente: bwnargentina.blospot.com