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martes, 1 de febrero de 2011

Llamado a la solidaridad: Se necesita un país nuevo

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por JORGE HÉCTOR SANTOS

Es muy difícil de entender por qué el argentino se ha resignado a vivir en un país que posee un difícil presente y un futuro muy complejo.
Las condiciones internacionales producto del valor de los commodities que provee el suelo argentino no pueden ser mejor.


Los países vecinos que han caído en manos de gobernantes probos han sabido sacarle provecho a esta y otras situaciones favorables. En ellos el progreso se ha puesto en marcha y los resultados se trasuntan en un beneficio creciente que tiende a mejorar enfermedades crónicas de pobreza sus pueblos.

Esas sociedades han solidificado sus democracias y ostentan una seguridad jurídica que les permite mostrarse confiables para inversiones de empresarios locales y extranjeros.

Brasil, Uruguay, Chile, Perú son los más cercanos exponentes de lo que se señala.

En el extremo contrario, se encuentra la Argentina, cuyos gobernantes se identifican con las comunidades que menos han progresado o por el contrario más se han retrasado, como son los casos de Bolivia y de Venezuela respectivamente.

El país de los argentinos se ha convertido en los últimos 8 años, en una tierra imprevisible para propios y extraños.

El cumplimiento de la ley ha sido dejado de lado por un gobierno que se ufana de manosearla en una muestra de impunidad que lesiona seriamente las conductas internas de sus habitantes y acumula desprestigio internacional.

Sin respeto a las leyes se deteriora la justicia y se hace imposible discriminar entre el bien y el mal. Todo que debería ser de una forma, termina estando de otra. Los derechos se vulneran y lo que debería ser penado termina siendo testimonio de lo permitido.

Las instituciones de la república que deberían estar a salvo del maltrato, independientemente de la inconducta de alguno o algunos de sus miembros integrantes, están burdamente manoseadas, desprestigiadas hasta deshechas.

La corrupción, un lastre arraigado, se ha convertido en una lacra habitual sin que nadie se haga cargo de etiquetarla con el aviso que mata tanto o más que el tabaco, pues destruye el destino de generaciones que por ella deben transitar los más funestos caminos.

Esa misma corrupción es la que permite existan cientos de pistas en todo el territorio para que aterricen y despeguen aviones que traen y llevan drogas. Es la que permite que los jóvenes se autodestruyan con el consumo de estupefacientes que se venden en infinidad de lugares que las autoridades conocen. Es la que erosiona los recursos para la educación y la salud pública.

La que promete obras que no se hacen o que si se realizan cuestan muchas veces más que lo previsto. Es la que facilita que los gobernantes y funcionarios públicos de 1era. línea aumenten sus patrimonios obscenamente y lo ostenten públicamente sin sonrojarse y hasta apretando a los jueces encargados de llevar adelante cualquier denuncia que los involucre.

Argentina es el ingrato país que tiene postrada a un 40% de su población en la pobreza y buena parte de ella en la indigencia, mientras se pierden US$ 2 millones diarios en la línea aérea de bandera, se destinan cerca de $ 1.000 millones para televisar el ‘Fútbol para Todos’ con el propósito de machacar publicidad del gobierno con fines electorales, se licitan equipos de medición de audiencia televisiva para engañar con ratings mentirosos de los medios estatales y así tratar de justificar falsamente la ubicación de la cuantiosa publicidad oficial.

Argentina es el absurdo país que se vanagloria por defender los derechos humanos de terroristas, mientras la inseguridad mata a diario a inocentes habitantes y los alucinógenos pulverizan mentes. Es el injusto país donde los jubilados están destinados a ser carenciados, producto de ser estafados por quienes están obligados a defenderlos, respetarlos y proveerles de los dineros que durante sus años de trabajo aportaron a un Estado impúdico.

Este es el ridículo país que esconde 80 puntos de inflación en 3 años, mientras los sueldos se acrecientan con los valores de la realidad y los precios siguen carcomiendo el bolsillo de los más pobres y de una clase media que cada vez puede menos.

Este es el país donde desde el gobierno se insta a la violencia, al enfrentamiento entre clases, al odio, al rencor, al agravio, a la calumnia, a difamar al que lo critica, a cercenar la libertad de expresión, a buscar culpables afuera, a ignorar la autocrítica, a eliminar el diálogo, a emplear acciones y expresiones mafiosas. Donde se creó un multimedio oficialista, con recursos públicos, para falsear la verdad y apuntalar la maledicencia. Donde en tiempos de un parlamento subordinado al Ejecutivo se dictó una Ley de Medios Audiovisuales cuyo principal objetivo es destruir al Grupo multimedios más importante, llamado injustificadamente monopolio.

La clase política en su conjunto ha perdido su principal valor, la credibilidad. Nadie cree en nadie y los que creen en algo piensan de una forma hoy y otra distinta mañana de acuerdo tan solo a cómo le vaya individualmente su economía doméstica o sus negocios. El país de la solidaridad le ha dejado paso al egoísmo que con una ausencia de Estado enorme deja a todos y cada uno en total indefensión.

El desorden es la escenografía de una sociedad destruida. Como si fuese el pronóstico del tiempo se notifican a diario las calles, avenidas y rutas cortadas por piquetes. El diálogo civilizado está fracturado. La televisión y hasta la radio son reflejo grosero del lugar donde están insertas.

Los códigos, valores, principios han sido heridos de muerte. Nada necesario se gestiona, todo se improvisa y se anuncia con palabras que se esfuman cuando las próximas desdicen lo anteriormente dicho.

Los sindicalistas defienden sus fortunas personales llenando estadios con gente paga para que aplaudan a quienes les llenan sus bolsillos. La inmoralidad es tan grande que hasta para hacer dinero espurio se falsifican medicamentos esenciales.

Reprimir es palabra prohibida pero no corren igual suerte: robar, mentir, empobrecer, dilapidar dineros públicos, vilipendiar.

Un país asolado necesita el despertar de una conciencia adormecida, aletargada, que ha bajado los brazos que pueda renacer y se dé cuenta que nadie puede ser feliz en medio de semejante contexto.

Los argentinos que todavía tienen capacidad de pensar y de mantener vivos sus valores individuales deben hacer el esfuerzo que la hora demanda de ponerse pregonar con el ejemplo para poder sumar voluntades de otros compatriotas decentes que iluminen un mañana mejor.

Se necesita un urgente llamado a la solidaridad: se necesita un país nuevo.

Hay que refundar la república derruida. Ella lo necesita, ella no existe sin Ud.
 
Fuente: urgente24.com