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domingo, 20 de junio de 2010

La violatoria cultura de la pobreza

PorMarcelo A. Moreno

La gran novedad de la sociedad argentina es la formación de un mundo de la pobreza.

Al principio fue el resultado de la desocupación y la retirada del Estado. Hoy es un mundo que tiene su propia lógica de reproducción y que no se disolverá simplemente con mayor oferta de empleo”. La certeza corresponde al historiador Luis Alberto Romero y suma precisión conceptual a un paisaje que ya es hábito entre los argentinos.
La encuesta del 2009 de la Deuda Social, que realiza la Universidad Católica Argentina y se conoció hace poco, describe que apenas 6 millones de los 16 millones de trabajadores que componen la población activa del país cuentan con un trabajo con plenos derechos laborales y previsionales. Es decir, un 36,9% tiene un empleo “decente”; un 41% trabaja en negro; un 11% cuenta con un subempleo y un 11% está desocupado. En suma: diez millones de personas y sus familias se debaten entre el empleo precario, la explotación lisa y llana y la nada.
Y sobre un total de 5,5 millones de jubilados y pensionados, casi 4,9 millones cobran el haber mínimo de 895 pesos o menos aún, según informó hace unos días la Defensoría de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires.
Despiadados como son, estos datos no nos asombran justamente porque forman parte del progresivo deterioro de la sociedad argentina, que ya moldeó una cultura de la pobreza, con familias enteras en las cuales la costumbre y la situación de trabajo apenas forman parte de una memoria colectiva que se va deshojando con los años.
Porque así, con este grado de extensión y profundidad, la pobreza no figuraba en el paisaje argentino de hace dos décadas.
Y muchísimo menos, de hace medio siglo.
Se puede discutir si el comienzo del declive se disparó a mediados de los 90 o si el derrumbe de fines de 2001 hizo tabla rasa. Lo cierto en que a partir de esa década la pobreza se cristalizó en la sociedad , con su marca mísera de desamparo y dolor.
La ola de inseguridad que nos sigue castigando no es más que el pus violento que mana de esa herida.
Y es parte de la cultura de la penuria que se va transmitiendo como una infección.
Una de las manifestaciones más crudas -y rituales- de esa realidad paupérrima son las marchas que irrumpen el centro de la Capital y sus principales accesos: en su abrumadora mayoría reclaman aumentos de subsidios, no trabajo que -todos lo saben- no hay para quienes quedaron marginados en el bolsón de esa cultura.
Ante semejante cuadro no aparecen demasiadas reacciones por parte de la dirigencia argentina.
La razón más elemental sugeriría un plan de desarrollo y revitalización de la economía, con fuertes incentivos a la inversión y más y mejores recursos asistenciales.
Pero los planes, con objetivos, estrategias y plazos para alcanzarlos hace años que brillan por su ausencia en el panorama de nuestra sociedad.
Y de la actual administración, pobre es lo que se puede esperar.
Su incompetencia aparece disfrazada de astucia y consiste en intentar tapar la realidad en vez de encararla.
Así, el falseamiento de las cifras del INDEC busca negar una inflación que galopa y se encarniza con los más necesitados.
En la misma línea de acción, en vez de enfrentar el más grave problema de la sociedad, este gobierno -que irónicamente se proclama progresista- ocupa sus mejores esfuerzos en atacar por todos los medios a los medios que no pudo domesticar . Y la idea es tan rústica como la aplicada en el INDEC: lograr una prensa uniformemente oficial que no ose reflejar las carencias que golpean día a día con la potencia de un cross a la mandíbula.
La pobreza no tiene sueños sino urgencias. Acaso esta sociedad, tan desigual y tan desencontrada, todavía esté a tiempo de sumar voluntades para devolverle a los sumergidos fragmentos de esa materia hoy escasa llamada esperanza. Por ahora, nada de este Febo asoma.
Fuente: clarin.com